LA QUINTA ESENCIA

Lejanos pasos en la playa


Caminaba ligeramente sobre la fina arena de la playa. Casi como si apenas pesara.
Sus pies húmedos se deslizaban sobre la blanca espuma de piedra que resplandecía bajo el sol. Las olas mecían suavemente el agua salada que mojaba agradablemente a la joven.
Todo desprendía tranquilidad. Una tranquilidad que olía mar.

Su cabello suavemente pelirrojo caía grácilmente sobre su cuerpo, cubriéndolo de destellos solares.
La melodía marina continuaba con su canto de blanca espuma.
El momento, congelado en el tiempo, ya no era más que una fotografía. Una vieja fotografía, quizá algo arrugada en una esquina. Tal vez con un pequeña mancha de café de ¿cuándo? Sin duda la historia se perdía tras aquella imagen. Aquel recuerdo gráfico de la juventud perdida, aquella nostalgia tatuada en el papel.

De recuerdos olvidados


La joven Marta solía olvidarse a menudo de pequeñas cosas, como cuando iba por el pasillo y no se acordaba de qué iba a hacer o intentaba buscar algo que tenía en la mano. Aunque a ella no le importaba aquello, pues eran banalidades.

Pero el tiempo pasó y la joven Marta dejó de ser tan joven. Y los pequeños olvidos se convirtieron en algo más. Poco a poco dejó de recordar a sus viejos amigos, a sus familiares lejanos...
Sus recuerdos se consumían día tras día, y comenzó a decir incoherencias de las que sus nietos inocentemente se reían.
Sin embargo esto sí le importaba, y aún más, le dolía. Sufría cada día sabiendo que sabía un poco menos, sabiendo que puede que al levantarse ese día alguien importante hubiera desaparecido para siempre de su memoria.

Pero sobre todo, el día que mas le dolió a Marta fue el día que olvidó que olvidaba.

Aquellos felices años



Y en el centro de la carretera, el coche.

Los años 60 brillaban en todo su esplendor.

Él y ella, Ella y él, los dos unidos en aquel viaje interminable cruzando el inmenso camino de alquitrán con destino a lo desconocido.
Ella, su melena rubia y graciosamente despeinada ondeando al viento, asomada hacia el cielo a través del coche descapotable.
Él, su pelo castaño con flequillo en un inconfundible estilo hippy, su pequeño 600 descapotable color azul envejecido brillando bajo la intensa luz del Sol de mediodía.

La carretera, cruzando el desértico paisaje de Estados Unidos.
Su amor, navegando con ellos en la aventura sin rubo, entrelazándose con la brisa y alzándose sobre el cielo demostrando al mundo qué felices eran aquellos felices años, demostrando la belleza del amor y la juventud, las ganas de vivir y que los sueños pueden llegar tan lejos como uno quiera...

Tras el tiempo...


Somos el tiempo que nos consume,
o ni tan siquiera eso.

Somos una sombra de lo que fuimos,
una sombra que crece a cada instante,
al tiempo que nuestra vida merma.

El presente se nos escapa de las manos,
y sentimos con horror cómo el tiempo
nos ahoga cada vez más en su letal abrazo.

E imponentes contemplamos como cada momento
pasa ante nuestros ojos, furtivo,
devorándonos hasta que de nosotros sólo quedan huesos...

Huesos sin vida,
huesos sin recuerdos.
Y tras ellos nuestra sombra,
perdiéndose en el tiempo...


No te asomes
a la ventana,
que no hay nada en esta casa.

Asómate a mi alma.


No te asomes
al cementerio,
que no hay nada entre estos huesos.

Asómate a mi cuerpo.


                         Miguel Hernández