LA QUINTA ESENCIA

Benimaclet


Mi ventana se abre a la calle, y la gente pasa por mi ventana.
Mi ventana es una calle.
Retazo de un barrio con sus pequeñas grandes historias,
mi ventana son los niños que peregrinan al colegio
y los que salen en estampida de él.
Calles empedradas, casas antiguas
y una huerta inmensa que asoma por la esquina,
todo esto es mi ventana.

Paredes que cada día amanecen con un nuevo vestido,
bullicio de ideas,
mercado los viernes.

Los aspirantes a arquitectos dibujan sus humildes contornos,
los artistas van dejando su rastro inesperado.
Entretanto,
la juventud se sucede,
la vida sencilla va pasando.

Por mi ventana pasaron ilustres, como Carles Salvador. Pero sobre todo gente llana.
Anónimos y anónimas que hicieron pueblo en su día,
y otros tantos que hoy hacen barrio.

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Hace medio año desde que pude empezar a mirar a través de mi ventana. Dejar de visitar sus calles para pasar a formar parte de ellas. Hace medio año que empecé a ser,
y me alegra y me ensancha el alma.

Reset


Y de repente volver. Otra vez esa sensación. Otra vez escribiendo delante de la pantalla, las palabras brotando de los dedos temblorosos atraviesan las teclas, que van componiendo una sinfonía de nuevas frases sobre el blanco. Esta vez el escenario cambia, se ve otra ciudad desde la ventana. Se escucha otra música de fondo.
Los años han pasado. Varios inviernos sin escribir hasta llegar a éste, en el que, como por gracia divina, el recuerdo del pasado me ha golpeado, y cual un revulsivo ha conseguido sacar la inspiración del fondo de mi alma.

Echo de menos el blog, aunque reconozco que sólo me he acordado de él fugazmente. Echo de menos la época en la que encendía el ordenador para mirar las diferentes bitácoras que seguía. Algunos de sus autores también me seguían a mí. Se establecía entonces una especie de red social maravillosa únicamente dedicada a compartir cultura. Hoy he sustituido eso por una dimensión tecnológica dominada por Facebook y el smartphone, que me supera.
Echo de menos la tranquilidad de entonces.

Pero hay que adaptarse a cada circunstancia. Antes en el instituto, ahora en la Universidad; antes en el pueblo, ahora en la ciudad. Las etapas de la vida van pasando, y hay que impedir que lo hagan por encima de nosotros. Hay que evolucionar pero sin perder la esencia que llevamos dentro.

Miro por la ventana. Me encantan los árboles que tras ella se levantan, casi alcanzándome con sus racimos de pequeños frutos; extendiéndose como manos de infinitos dedos desde mi edificio hasta acariciar el de enfrente. Y allí asomada, una anciana me sonríe y me saluda. La vida sigue, al final.
Voy a desayunar, después de una noche en blanco.


Lejanos pasos en la playa


Caminaba ligeramente sobre la fina arena de la playa. Casi como si apenas pesara.
Sus pies húmedos se deslizaban sobre la blanca espuma de piedra que resplandecía bajo el sol. Las olas mecían suavemente el agua salada que mojaba agradablemente a la joven.
Todo desprendía tranquilidad. Una tranquilidad que olía mar.

Su cabello suavemente pelirrojo caía grácilmente sobre su cuerpo, cubriéndolo de destellos solares.
La melodía marina continuaba con su canto de blanca espuma.
El momento, congelado en el tiempo, ya no era más que una fotografía. Una vieja fotografía, quizá algo arrugada en una esquina. Tal vez con un pequeña mancha de café de ¿cuándo? Sin duda la historia se perdía tras aquella imagen. Aquel recuerdo gráfico de la juventud perdida, aquella nostalgia tatuada en el papel.

De recuerdos olvidados


La joven Marta solía olvidarse a menudo de pequeñas cosas, como cuando iba por el pasillo y no se acordaba de qué iba a hacer o intentaba buscar algo que tenía en la mano. Aunque a ella no le importaba aquello, pues eran banalidades.

Pero el tiempo pasó y la joven Marta dejó de ser tan joven. Y los pequeños olvidos se convirtieron en algo más. Poco a poco dejó de recordar a sus viejos amigos, a sus familiares lejanos...
Sus recuerdos se consumían día tras día, y comenzó a decir incoherencias de las que sus nietos inocentemente se reían.
Sin embargo esto sí le importaba, y aún más, le dolía. Sufría cada día sabiendo que sabía un poco menos, sabiendo que puede que al levantarse ese día alguien importante hubiera desaparecido para siempre de su memoria.

Pero sobre todo, el día que mas le dolió a Marta fue el día que olvidó que olvidaba.

Aquellos felices años



Y en el centro de la carretera, el coche.

Los años 60 brillaban en todo su esplendor.

Él y ella, Ella y él, los dos unidos en aquel viaje interminable cruzando el inmenso camino de alquitrán con destino a lo desconocido.
Ella, su melena rubia y graciosamente despeinada ondeando al viento, asomada hacia el cielo a través del coche descapotable.
Él, su pelo castaño con flequillo en un inconfundible estilo hippy, su pequeño 600 descapotable color azul envejecido brillando bajo la intensa luz del Sol de mediodía.

La carretera, cruzando el desértico paisaje de Estados Unidos.
Su amor, navegando con ellos en la aventura sin rubo, entrelazándose con la brisa y alzándose sobre el cielo demostrando al mundo qué felices eran aquellos felices años, demostrando la belleza del amor y la juventud, las ganas de vivir y que los sueños pueden llegar tan lejos como uno quiera...